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¿Podemos hacer algo más que huir de la polución?

El cáncer de pulmón es la principal causa de muerte por
cáncer en todo el mundo. Ha sido y
sigue siendo el cáncer más frecuente y uno de los más difíciles de superar. ¿Una de las principales razones? Que
más del 70% se detecta en etapas avanzadas. El diagnóstico en estadios precoces
es vital y condiciona el pronóstico.

Durante décadas, el cáncer de pulmón se ha relacionado
con el hábito de fumar, sin embargo, cada vez más se detectan casos en personas
no fumadoras, que viven en áreas con aire polucionado. En los últimos 50 años
se han publicado numerosos estudios científicos que relacionan la polución del
aire con el aumento del riesgo de este tipo de cáncer.

Hecho este análisis, nos planteamos: ¿Es la polución
ambiental en el aire que respiramos un factor de riesgo evitable como lo ha
sido el tabaco? ¿O debemos resignarnos?

La Global Burden of Disease Study (GBD) yel Health Effects Institute estimaron que, para el año 2010, aproximadamente 3.22 millones de muertes en el mundo serían causadas por la exposición al aire polucionado. En 2017 la cifra de mortalidad alcanzó los 5 millones -casi una de cada diez muertes- con un 20% atribuible al cáncer de pulmón. Por primera vez, se estima para el 2019 una menor expectativa de vida atribuida a este tipo de contaminación, y no sólo por cáncer de pulmón, también por otros tipos de cánceres, enfermedades cardiorrespiratorias y diabetes. Os recomendamos este informe publicado en la red www.stateofglobalair.org/.

Cuando los expertos han estudiado en detalle la
contaminación del aire exterior han detectado sustancias como el ozono (O3) y
el dióxido de nitrógeno (No2), pero sobre todo partículas en suspensión. Las
partículas PM (“Particulated Matter” en inglés) fueron clasificadas por la Agencia Internacional de Investigación
del Cáncer (IARC) como
carcinógenos humanos del Grupo I, al mismo nivel que cancerígenos reconocidos
como el tabaco, el amianto o las radiaciones ultravioletas.  El número
que acompaña a la nomenclatura PM hace referencia a su tamaño. Así, las PM 10
son principalmente minerales y material biológico: al ser más grandes penetran
menos fácilmente en el tejido pulmonar. Las PM2.5, al ser más
pequeñas, penetran más profundamente en el pulmón y son más fácilmente
retenidas en los bronquios; además están constituidas por productos de combustión
en su mayoría, que son altamente cancerígenos. Su efecto dañino se debe al
estrés oxidativo que producen en las células: dañan los genes, imprimen
modificaciones epigenéticas y activan procesos de inflamación y proliferación
celular descontrolada.

El aire polucionado es menos denso en zonas
rurales, pero lo es mucho más en las ciudades, donde hay más concentración de
población, sobre todo en las áreas de mayor tráfico. Ante esta realidad, cada vez son más las personas que se plantean cambiar de lugar de
residencia. Pero, ¿podemos hacer algo más que huir? Como individuos, limitar nuestra
contribución a la polución local. ¿Cómo? Tratando de invertir en vehículos eléctricos,
por ejemplo; pero también es esencial el hecho de participar en asociaciones
que presionen a quienes toman las decisiones para continuar reduciéndola.
Lamentablemente nuestro país no es un ejemplo; la CCEE baraja presentar una denuncia contra España ante el
Tribunal de Justicia de la Unión Europea por no tomar medidas para mejorar la
calidad del aire.

Mientras tanto, para resguardarnos, podemos
conseguir aplicaciones que nos calculan el nivel de contaminación del aire y
nos ofrecen sugerencias interesantes (Airvisual, Breezometer, Plumairreport, y
AirACT).

En el caso de que alguien se plantee ponerse una mascarilla, estas nos protegen, pero no son impenetrables. Un estudio del CSIC recomienda una mascarilla con certificación europea EN149, con exhaladores de aire y varios filtros, que no son caras.

Nuestro cuerpo también ayuda: una vez las partículas de polución entran en el organismo, nuestras células producen “glutation”, un antioxidante muy potente que contrarresta los daños oxidativos y ayuda a la detoxificación. Pero la edad, los malos hábitos de vida y una sobreexposición a la polución acaban con las reservas de este antioxidante.

¿Existe alguna forma de “recargarlo”? La respuesta es sí, mediante el ejercicio físico –en zonas saludables-, el consumo de alimentos ricos en sulfurados (ajos, cebollas y crucíferas) y en metiladores (vitaminas B y folatos: levadura de cerveza y verduras de hoja verde).

Para los que requieren una recarga intensiva, la administración de “glutation” (o su precursor N-acetil –cisteína, bajo supervisión profesional) nos dota de un buen escudo protector para seguir, más o menos, indemnes.

Para solicitar más información: info@bluehc.es